Desde el principio de los tiempos como escuela apostamos por un modelo pedagógico basado en la experimentación de los contenidos. Por eso, este año no podía ser diferente y hemos realizado casi la totalidad de los cursos en formato convivencial y experiencial. Por eso no basta con hablar solo de números si no de aprendizajes, de experiencias y de impacto social.
Aprendizajes que se concretan en cómo montar un campamento ideal, cómo aplicar el proceso creativo para hacer las mejores gynkanas, como generar un entorno seguro donde las niñas, niños y personas jóvenes se desarrollen, y cómo trabajar la diversidad en sus realidades.
Experiencias que pasan por encontrarse con una misma en ejercicios de introspección, en organizar la velada de fantasía en equipo y después evaluar lo que se puede mejorar, y el tener que enfrentarte, en algunos casos, a cocinar para 25 personas por primera vez.
Y cuando hablamos de impacto social, se ve reflejado en esas profundas reflexiones sobre las necesidades sociales que podemos combatir a través del tiempo libre educativo o nuestras organizaciones, en un análisis de la realidad dónde piensen en la ciudadanía ideal y qué papel juegan como personas educadoras, o simplemente al mirar de manera utópica a ese alumnado de dirección pensando que serán los próximos líderes sociales.
